domingo, 24 de diciembre de 2006

El carnaval de las sombras (presentación)*


Ernesto Polo me ha vuelto a sorprender con la obra jamás escrita que nunca debió de salir de su ordenador. Trazos enormes, justificados en cada frase, en cada pensamiento. Las notas escondidas que estrujan sacando el jugo más íntimo de cada personaje, desde la loca de los gatos hasta el jubilado disfrazado de spiderman. Un desfile enorme de santidad pervertida por los deseos poco cumplidos. Una trama en clave de fa en donde las notas tónicas van saliendo a contrapunto con instrumentos de cuerda desafinados.
Aún así sigue siendo una verdadera satisfacción que autores como Polo sientan de otra manera la obligación de escribir, que nos trasladen sus argumentos como otros nos trasladan la cagadas que se venden chucherías en la puerta de los colegios de primaria. Sus aquellos pinitos que comenzamos a admirar se han convertido en palabras serias, muy a tener en cuenta no ya solo en la literatura, también en la sociología o en la política. Polo es como el cazatalentos en busca del personaje a cual más raro, a aquella persona que la entrevista nos desvelará que jamás se ha enamorado, que jamás ha visto la televisión y que nos resulta hasta imposible que pueda tener ombligo.
El carnaval de las sombras es otro lujo en el mundo de los vivos. Es una ilusión bien escrita, la esperanza para aquel que no tiene ninguna intención de comprarse un Audi

espermámame ****


Espérmame. Espérmame sentada/o. No frenes.
Espérmámame como lo hiciste cuando si tanto me querías y me huías.
Lloremos despacio, despacio lloremos nuestras pieles.
Respirémonos. Dame el vaho de la tensión amarga.
Ordeñémonos en la savia fortaleza, sabia y acuosa. Tíbiame de zarpazos temblorosos.
Que venga la noche o la mañana o la noche de nuevo,
entre las telas de raso, o al raso de la tela que cortar.
Acarrocíame con tu sal húmeda de deseo. Mámame.
En todo me va la vida. La otra vida que al margen de esta resido y habito.
En el rostro.

El Remordimiento ***


Me parece un tema apasionante: el Remordimiento. Uno de los asuntos, junto al Miedo y al Sexo, que más ha marcado mi vida. Una verdadera fuente de inspiración para comenzar un libro, cualquiera que fuera su género. En principio me atrajo el ensayo. Un buen trabajo bien documentado sobre el Remordimiento sería más que interesante, sería una obra importante, un tratado sobre por qué la mente humana es capaz de joder el momento presente con asuntos que van desde un asesinato no confesado hasta el no haber dado los buenos días a un subordinado aquel jueves 18 de junio. Es impresionante la conciencia humana. Cómo alguien es capaz de cometer los mayores crímenes contra la humanidad y quedarse dormido en el teatro y a otro alguien olvidársele preguntar por el estado de salud del hijo de su vecino y tener que usar antiácidos durante tres días, hasta que de nuevo se encuentra con el padre en el ascensor y siente un alivio tremendo al fingir preocuparse por el chaval que se rompió un brazo jugando al balonmano.
No deja de asombrarme la mente.

Los Manolos (a Víctor, mi hermano)****


Eran un tipo alto y otro no tanto. Llamaban la atención porque siempre estaban juntos y tenían barba. Algunos creyeron que eran homosexuales, una pareja de maricones que se había venido al barrio de la Ribera de Curtidores buscando una vida bohemia, huyendo de algún complejo residencial donde habían abandonado una existencia de clase media; otros opinaban (sobre todo al principio) que eran terroristas islámicos, pero, aunque a mí también se me pasó por la cabeza algo así, uno de ellos, el menos alto no tenía facciones magrebíes, parecía más bien italiano del norte. Rondarían los cuarenta, bien conservados, algo desaliñados en el vestir, aunque aseados: buenos cortes de pelo y con sus barbas siempre recortadas.
Eran conocidos en el barrio como los Manolos. No me preguntéis por qué. Algún día alguien los llamaría así y ya se sabe como somos en España. De sus verdaderos nombres había también muchas incógnitas. Una de las hipótesis más fiables la ofreció Andrés, el camarero del Delicia, dice haber oído una conversación entre ellos en las que se llamaban Samuel y Bernabé (o Bernard, o Bernardo –la verdad es que tampoco quedaba muy clara esta versión). Porque realmente apenas hablaban entre ellos. Se limitaban a leer. Siempre llevaban lectura en la mano. Si no eran libros, eran revistas, y si no el diario (o varios de estos y de todas las tendencias políticas). Así que, si poco conversaban entre ellos, imagínate las palabras que extenderían al resto de los vecinos. Si seguimos las teorías de Andrés, aparte de aquella conversación apócrifa, las palabras que él solía oír eran: dos cafés solos, gracias, por favor… y poco más. Al menos, por ello pensábamos que eran educados. Pero dicen que los terroristas suelen ser así, educados y amables para causar buena impresión. Bueno, el caso es que casi todas las creencias de la gente del barrio sobre los Manolos se dirigían hacia la su clandestinidad, que eran dos personas que huían, que querían pasar desapercibidos. Yo, por supuesto no me tragué esta versión, ni mucho menos. Si realmente quisieran pasar desapercibidos, nuestro barrio sería el menos indicado para ellos. Si fueran chinos, paquistaníes, hindúes, brasileños, moros… a nadie les hubiera dado por indagar en su vida. Pero siendo dos barbas producto nacional estaba claro que, en el barrio, que es como un pueblo con inmigrantes, se convertirían en la comidilla.
El caso es que en los dos años que residieron en la calle Carnero fueron tan pintorescos como Javilona el travesti, José Luis Borrego el escritor, o Don Enrique el patriarca gitano.
Un día de mayo sobre la hora de comer, uno de los Manolos, el más alto apareció en el Delicia con una mujer. Se sentaron en la mesa del fondo y se besaron.
Todo se rompió. Todo el encanto del misterio se fue a hacer puñetas. No fue el hecho de que los Manolos realmente fueran homosexuales, ni mucho menos, sino porque era la primera vez que se veía al uno sin el otro. Desde entonces pasaron a formar parte de la chusma, de la caterva y perdieron todo el interés.
El otro día, hablando con Andrés de ellos, pasó al bar un hombre de unos cincuenta años. Tenía el pelo blanco, la piel morena como de marino y cojeaba. Le faltaba un loro en el hombro. Le hemos bautizado Jake. Por la mañana suele echar a la máquina tragaperras y beber aguardiente mientras pierde la vista durante horas a través de la cristalera. Hemos barajado que es una persona que ha perdido al amor de su vida, aunque Andrés dice que es una antiguo propietario de un edificio que ha retornado desde Uruguay a Madrid porque está enfermo. Yo no le hago mucho caso porque Andrés tiene una imaginación colmada y muchas veces parece vivir en una novela.

La judía verde ***




La judía verde es para mí el vegetal más bello. Simplemente es así. Bello por la prudencia que en todos los aspectos derrocha. Es la elegancia de los frutos de cualquier planta. Alejada de los exuberantes frutos tropicales, de los obesos tubérculos, de la vulgaridad de las peras y las manzanas, del misticismo de las naranjas, de los brillos lujuriosos del pimiento y la berenjena, la judía verde es perfecta en su delicada prudencia.
Su irregularidad es la base de su perfección, su forma aplanada desigual nos hace olvidar cualquier forma geométrica, cualquier símil formal. ¿A qué se parece una judía verde? ¡Vamos, es un reto, querido lector! ¿Cómo definirías la forma de una judía verde? Una judía verde solo se parece a otra judía verde, y a la vez ninguna es igual, cada una tiene su ánima, su individualidad. ¿Dónde encontramos en su forma el punto de equilibrio? Son tantos los interrogantes que nos ofrece su aspecto. Tantos los misterios.
Tan liviana, tan ponderada.
Qué podemos decir de su textura. Pulida pero sin llegar al lustre. Tan suave al tacto pero aún alejada del dulzón del aterciopelamiento. Su superficie ni es jugosa ni seca. ¿No os habéis dado cuenta de que la judía verde es de las pocas superficies con las que funciona en el touch pad de los ordenadores? Y es que es tan parecida en su textura a la piel humana.
Yo solía comérmelas, pero ya no lo hago. Mi respeto por este fruto ha llegado a unas pautas tan altas que tragarme uno de ellos lo considero como tragarme a un pariente. Pero recuerdo su sabor como el más elegante de todos los frutos. Un sabor a verde como pocos. Recio pero a la vez suave. Y de un sutil aroma a tierra húmeda.
Pero la mayor de las bellezas se encuentra en su color. No creo que haya nada con un verde tan exquisito, tan prudente, tan sincero, tan verde sin ningún parangón. ¿A qué se parece su verde? ¿Vamos, querido lector, otro reto? La judía verde tiene un color parecido a… Y es verde, el verde perfecto, quizá uno de los verdes más bellos para ser pintados al óleo. Pregunta a cualquier pintor qué pasa con el verde en los cuadros. El verde es el color maldito de un pintor. Y sin embargo el de mi vegetal preferido es maravilloso para hacer las delicias de un bodegón.
¿Y como fruto? Qué me decís. Su función de guardar en su vientre la semilla, evolucionando de más a menos como de un embarazo femenino se tratara, engordando maternalmente el vientre de su cuerpo estilizado. Sujetando con intimidad cada semilla, cada fríjol, de una manera ordenada, sin desatender la intimidad de cada individuo.
Y no hace ningún alarde de ello. Es tan elegante.




María Luisa Bravo 2005